Tras un año y un poco más...

El 2007 pasó rápido como un viernes y me llevó a una treintena juguetona y caprichosa que arrojaba lastres por el balcón, mientras me pedía coleccionar todas las sonrisas que se cruzaban conmigo por la calle. La primera era conocida, sonaba a sad eyes de Josh Rouse y era capaz de contar mi vida como si fuera parte de un relato de Medardo Fraile.
Hubo más sonrisas, las de los mil paises que coloreaban mi clase capaces de borrar toda la escala de grises, esas con sabor a mate y a facturas en el retiro, las sonrisas de complicidad y amistad que con solo una llamada te hacian sentir en casa y las que me acompañaban y abrazaban como una almohada de plumas desde la cuna.
El final de la primavera quiso dar un giro a mi colección, la nueva sonrisa paseaba de un lado a otro dentro de aquel rincón mágico del barrio, y me encapriche de ella.
Me gustaba mirarla e imaginar que tal podía quedar dentro del albúm con el resto, el destino generoso me la regaló y disfrute con ella como un niño con su pelota recien comprada, me gustaba sentirla cerca, escucharla, y participar en todas sus aventuras.
Pero poco a poco se fue desdibujando, perdiendo su brillo y su dulzor comenzo a amargar...
En ese momento cerre el álbum y mis ojos para no mirar ninguna más.


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